Domingo 18º del Tiempo Ordinario

- CICLO A -

Autor: Fr. Carlos Lledó López O.P.

 

 

     MEDITACIONES PARA EL AÑO LITÚRGICO

Guía didáctica apropiada para
Sacerdotes, Religiosos y Catequistas.

 



 

DÉCIMO OCTAVO DOMINGO – CICLO A.
                 
 

La meditación de los misterios del Rosario nos adentra en el conocimiento del amor de Dios que nos ha sido revelado en Jesucristo por obra del Espíritu Santo, nos ayuda a calmar el hambre y la sed que tenemos de Dios y nos estimula a ser testigos de su amor.

 

PRIMERA LECTURA. Isaías, 55, 1-3.

La invitación de Dios.

Dios nos invita y nos llama: Oíd, sedientos todos...acudid... Venid.... Nos invita a beber agua para calmar nuestra sed; a comer gratuitamente pan de trigo con vino y leche; a acoger su palabra para tener vida: Inclinad el oído, venid a mí; escuchadme y viviréis. Nos anuncia una alianza perpetua en el amor según lo prometido a David.
 

Estamos hambrientos y sedientos de Dios.

Dios nos ama, conoce nuestra situación: estamos hambrientos y sedientos, y sale amorosamente a nuestro encuentro .

Dios nos dice: aquí estoy, no tengáis miedo. Soy vuestro Dios. Os he creado y os conservo la vida por amor. Os he redimido en la Cruz, perdonando vuestro pecado como prueba de amor y misericordia sin límites... Venid a Mí, hambrientos y sedientos: comed y bebed de balde..

Dios saldrá definitivamente a nuestro encuentro por amor, para salvarnos: “Tanto amó Dios al mundo, que le dio su unigénito Hijo, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga la vida eterna” (Cf. Jo. 3, 16). Dios Padre, en Cristo, nos hará partícipes de su vida divina que es la gracia, del agua que salta hasta la vida eterna (Cf. Jo.4, 14) y calma la sed, que es la fuerza del Espíritu Santo, del pan que alimenta que es la Eucaristía (Cf. Jo. 6, 55).
 

Invocación mariana.

Madre del Rosario: estamos hambrientos y sedientos de Dios, necesitamos a Dios. Enséñanos a vivir abiertos a la gracia de Cristo, tu Hijo, a su palabra, a los sacramentos que nos ofrece en la Iglesia, al trato íntimo de la oración para calmar el hambre y la sed que padecemos.

 

SEGUNDA LECTURA. Romanos, 8, 37-39

No tengamos miedo.

No tengamos miedo porque Dios Padre nos ha revelado su amor en el Hijo por obra del Espíritu Santo, porque el Padre ha entregado a su Hijo por nosotros, porque Cristo ha muerto en la Cruz y ha triunfado en la resurrección por nosotros.

No tengamos miedo a sufrir aflicción, angustia, persecución, hambre, desnudez, peligros, amenazas de muerte y la misma muerte por ser fieles a Cristo. Él está con nosotros, nos protege y nos acompaña: en todo esto vencemos fácilmente por Aquel que nos ha amado y nos ha demostrado su amor hasta la muerte y muerte de cruz.. Nada, ni nadie podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro.
 

Invocación mariana.

Madre del Rosario: Tú eres por excelencia la Mujer fiel y valiente desde la Encarnación hasta la Cruz, especialmente protegida por la plenitud de gracia. Enséñanos a ser valientes para dar testimonio de Cristo y fieles hasta la muerte.

 

TERCERA LECTURA. San Mateo 14, 13-21.

El amor de Cristo.

El amor de Cristo es compasivo y misericordioso. Desde la oración, en un lugar tranquilo y apartado, sale al encuentro de la gente le dio lástima, curó a los enfermos y dio de comer a todos – cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños- multiplicando cinco panes y dos peces.

Cristo remedia la enfermedad y el hambre. Es signo de cómo Cristo es el único capaz de remediar el hambre y la sed de Dios.

Cristo sigue saliendo a nuestro encuentro. Estamos hambrientos y sedientos de Dios. Él nos ofrece su palabra y los sacramentos, centralmente la Eucaristía, que nos brindan la Verdad y el Amor, el Cuerpo y la Sangre de Cristo, que nos alimentan y nos sacian.
 

Nosotros.

Nosotros participamos del amor y la misericordia de Cristo por el don de la gracia santificante.

Hemos de aprender de Cristo a salir al encuentro de las necesidades materiales y espirituales de los hombres, desde la oración. Seremos apóstoles, imitadores de Cristo con los sentimientos de su Corazón, en la medida que vivamos en comunión con Él.
 

Invocación mariana.

Madre del Amor y la Misericordia, Señora del Rosario: enséñanos a vivir en comunión con Cristo para pensar, amar, hablar y actuar como Él. Enséñanos, Madre a ser realizadores del amor misericordioso y compasivo de Cristo, tu Hijo.

        
 


 
 


      Elaborado por Fr. Carlos Lledó López, O.P.