Domingo 27º del Tiempo Ordinario

- CICLO A -

Autor: Fr. Carlos Lledó López O.P.

 

 

     MEDITACIONES PARA EL AÑO LITÚRGICO

Guía didáctica apropiada para
Sacerdotes, Religiosos y Catequistas.

 


 

 DOMINGO VIGÉSIMO SÉPTIMO – CICLO A.
                 
  

Con María contemplamos los misterios del Rosario. Son los misterios del amor que el Padre nos tiene al enviar a su propio Hijo para morir por nosotros en la Cruz, perdonando nuestro pecado y restaurando nuestra amistad con Dios.

 

Isaías 5, 1-7.

San Mateo 21, 33-43.

Contienen un bello canto al amor y a la misericordia de Dios que nos ama con un amor más fuerte que el pecado, que la muerte y que la debilidad. El Profeta anuncia el amor de Dios. El Evangelista presenta a Cristo como el Hijo enviado amorosamente por el Padre.
 

Dios canta sus amores.

La creación es como una viña plantada por Dios con amor ilusionado en un campo fértil, en tierra buena. Dios cavó la tierra y plantó buenas cepas. La creación es buena. El hombre y la mujer eran buenos.

Dios construyó una atalaya para proteger la viña y librarla del mal. Son los Mandamientos de la Ley de Dios. Igualmente, cavó un lagar para recoger el vino de las buenas obras.
 

La respuesta de la viña.

La viña no responde al amor ilusionado de Dios. Produce agrazones, frutos malos de pecados de soberbia, de egoísmos, de sexualismo, de droga y consumismo esclavizantes, de terrorismo, de guerra, de muerte... El hombre y los pueblos no responden al amor con amor, con frutos de buenas obras...
 

Dios no se cansa de amar.

Dios nos persigue con su amor. No se cansa de nosotros. Desde antiguo envía a sus criados: profetas, predicadores, para avisar y corregir invitando a la conversión... Pero, la humanidad no hace caso a los mensajeros, sino que los desprecia, los apedrea y los mata.

Dios nos sigue buscando con amor insistente. Envía a su propio Hijo, Jesucristo, confiando que sería respetado. Pero el Hijo es maltratado y muerto en la Cruz.

 


 

El amor de Dios termina triunfando.

El amor del Padre triunfa definitivamente en el Hijo que, rechazado y condenado a muerte, resucita al tercer día.

Cristo, la piedra desechada, se convierte en la piedra angular de la Iglesia. La Iglesia es la comunidad de los redimidos, los que bañados en la sangre de Cristo recuperamos el amor de Dios.
 

Invocación mariana.

María es la Madre de la viña -de la Iglesia- porque es la Madre de Cristo. Ha sido privilegiadamente amada por Dios para producir frutos excepcionales de santidad.

Alcánzanos, Madre, la gracia que necesitamos para responder al proyecto de amor que Dios tiene sobre cada uno de nosotros, acogiendo plenamente a Cristo.

 

Filipenses, 4, 6-9.

Perseveremos en la oración.

San Pablo nos invita a orar siempre: Nada os preocupe; sino que en toda ocasión, en la oración y súplica con acción de gracias, vuestras peticiones sean presentadas a Dios.
 

Necesitamos orar

Para que Dios nos dé el don de la conversión continua, orientados hacia Dios. Para que guarde nuestros corazones y pensamientos en Cristo Jesús. Para que produzcamos los frutos buenos de santidad que el amor de Dios espera de nosotros. Respondamos con amor al amor de Dios.
 

Y Dios estará con nosotros.

Cristo estará siempre con nosotros, en toda circunstancia. Será nuestro compañero de camino: el Dios de la paz estará con vosotros.

Cristo será nuestra defensa en los peligros y nuestro apoyo en las dificultades: custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos..

Cristo nos enseñará a tener en cuenta todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable, todo lo que es virtud o mérito.
 

Invocación mariana.

Madre y Señora nuestra: meditando la vida de Cristo contigo en el Rosario, aprendemos a orar, experimentamos la compañía de tu Hijo y aprendemos a caminar con Él.

Enséñanos a ser fieles a la oración para vivir unidos a tu Hijo, y caminar con Él, produciendo frutos de santidad.

        

 



 
 


      Elaborado por Fr. Carlos Lledó López, O.P.