Domingo 8º del Tiempo Ordinario

- CICLO C -

Autor: Fr. Carlos Lledó López O.P.

 

 

     MEDITACIONES PARA EL AÑO LITÚRGICO

Guía didáctica apropiada para
Sacerdotes, Religiosos y Catequistas.

 



 

OCTAVO DOMINGO – CICLO C

  

         La meditación asidua de la vida de Cristo va calando en nuestro interior y nos hace partícipes de los sentimientos de  su Corazón: el amor, la misericordia, la bondad, el perdón…

 

PRIMERA LECTURA (Ecl.27, 4-8)
 

El corazón del hombre.

         El corazón del hombre es un misterio. No conocemos sus intenciones. Sólo conocemos sus obras y por ellas lo juzgamos.

         Por lo tanto, no debemos ser precipitados al juzgar, ni anticipar juicios. Hemos de aprender a escuchar y a dialogar para emitir un juicio veraz. Seamos prudentes.

         Así como “el horno prueba la vasija del alfarero, el hombre se aprueba en su razonar” Así “como el fruto muestra el cultivo de un árbol” el hombre muestra su bondad. Sepamos ver y escuchar al otro antes de juzgar en la verdad. La verdad es un deber nuestro y un derecho del otro.
 

Invocación mariana.

         Santa María: Penetrada de los sentimientos del Corazón de Cristo, eres modelo eminente de amor y misericordia. Todos cabemos en tu corazón de Madre. Enséñanos a juzgar a nuestro prójimo con amor. Que todos los hombres, sin excepción, quepan en nuestro corazón.

 

SEGUNDA LECTURA. 1ª COR. 15, 54-58.
 

Lucha  y victoria del hombre.

         El hombre lucha porque está expuesto a una doble derrota: la muerte del cuerpo y la muerte del alma por el pecado. La muerte del alma por el pecado comporta la condenación eterna.

         El hombre triunfa y participa de la victoria de Cristo cuando recibe la gracia santificante en el sacramento del Bautismo y vive en comunión con Él. Vida sobrenatural que ha de ser cultivada con los sacramentos, las virtudes sobrenaturales, la oración y la devoción a la Virgen, también con el Rosario.

         De esta manera, nos podremos mantener firmes y constantes en Cristo y trabajar por el Señor que recompensará nuestra fatiga, y amar a nuestro prójimo.

Invocación mariana.

         Santa María: Tú fuiste privilegiadamente redimida, concebida sin mancha, libre del pecado original y del personal, enséñanos a vivir siempre unidos a tu Hijo para ir superando las huellas del primer pecado y de los pecados personales. Que nada ni nadie nos separe de Cristo. Virgen del Rosario, ruega por nosotros.

 

TERCERA LECTURA.  Lc. 6, 39-45.
 

El amor es lo más importante. (Mt. 22,36-41)

         Amar a Dios es lo primero. Supone vivir en gracia santificante, cultivar los sacramentos, guardar los Mandamientos...

         Amar al prójimo es lo segundo. El Evangelio de hoy es una aplicación concreta. Para el verdadero amor al prójimo es necesario:

         Tener luz interior. Un ciego no puede guiar a otro ciego: caerán los dos. Es necesaria la gracia para poseer el verdadero amor y misericordia.

         Aprender de Cristo que nos enseña a descubrir la viga propia antes que la mota en ojo ajeno. Sabremos eliminar la crítica sistemática y la calumnia. Para defender la verdad, hay que poseer la luz de la verdad.  

         Tenemos que procurar ser árbol sano para dar frutos buenos. Para corre­gir la corruptela social, tenemos que ser árbol sano ética y moralmente.

         Tenemos que poseer­ la bondad en el corazón, que sólo la gracia de Cristo puede causar. Si Dios no vive en nuestro corazón, caemos en la confusión de la torre de Babel.

         Lo que rebosa el corazón, ha­blan los labios. Pongamos a Cristo, su gra­cia, en el centro del corazón. Entonces, seremos constructores de la nueva civilización en la verdad y el amor...

Invocación mariana.

         Santa María, Madre y testigo del amor porque rebosas la vida de Cristo que posees en plenitud, enséñanos a llevar a Cristo en el alma por la gracia para dar frutos de amor fraterno.


 


 

       

 

 
 


      Elaborado por Fr. Carlos Lledó López, O.P.