PASCUA - CICLO A

Quinto Domingo


 



DOMINGO DE PASCUA

 

Con la Virgen María, meditamos sobre la institución del diaconado en la Iglesia, sobre la necesidad de construir nuestra vida sobre la piedra angular y sobre la promesa de salvación que Cristo nos hace.

 

PRIMERA LECTURA Hechos, 6, 1-7.
 

Institución del diaconado.

La primera lectura describe la institución del Diaconado. Es el grado inferior del sacramento del Orden. Imprime la fuerza del Espíritu Santo para ser ministro de la Iglesia en comunión con el Obispo. El diácono está al servicio del altar, de la palabra y de la caridad.

La institución del diaconado viene determinada por el aumento de los discípulos del Señor. Los apóstoles necesitan colaboradores, inicialmente, para administrar los bienes comunes y, también, para distribuir la comunión a los encarcelados y a los enfermos, para preparar y sostener la predicación de los apóstoles iniciando a los catecúmenos, y ayudar a los bautizados a perseverar.

Así surgen los primeros diáconos en la Iglesia: Esteban, hombre lleno de fe y de Espíritu Santo, Felipe, Prócoro, Nicanor, Timón, Parmenas y Nicolás. Los Apóstoles les impusieron las manos orando. De esta manera la Palabra de Dios iba cundiendo y en Jerusalén crecía mucho el número de discípulos.
 

El diaconado en la Iglesia.

El Diácono es ministro del altar para anunciar el Evangelio, para preparar el Sacrificio eucarístico, para distribuir el Cuerpo y la Sangre de Cristo y para custodiar el Tabernáculo. Como enviado del Obispo, puede predicar la Palabra de Dios y enseñar la doctrina cristiana; presidir la oración de los fieles; administrar el Bautismo; asistir y bendecir el matrimonio y presidir los ritos exequiales.

El Diaconado implica un servicio específico de caridad para el bien de los hombres. Al mismo tiempo, su ejercicio ayuda a la santificación del diácono y prepara al sacerdocio. Existe también el diaconado permanente que pueden ejercer hombres casados con los debidos requisitos que señala la Iglesia.

Invocación mariana.

Madre del Rosario: te encomendamos la vida y la misión de los diáconos tan necesarios en la Iglesia. Que sean santos porque tratan cosas santa y testigos de la caridad de Cristo...

 

SEGUNDA LECTURA 1 Pe. 2, 4-9
 

La Iglesia, templo espiritual.

Los bautizados formamos el nuevo pueblo redimido por Cristo. Es la Iglesia, templo espiritual construido por piedras vivas. La piedra angular es Cristo. Sobre Él se alza el edificio bien trabado. Todos formamos la Iglesia en tanto cuanto estamos unidos a Cristo, en comunión con Él por la gracia.

Hemos de tomar conciencia de nuestra responsabilidad. Para ser piedras vivas en Cristo es necesario vivir y crecer en la vida de la gracia. Si crecemos en gracia, estamos trabajando por el esplendor del templo de la Iglesia.
 

Formamos un pueblo santo.

Somos una raza elegida porque hemos sido elegidos en Cristo para ser santos. Participamos de un sacerdocio real porque estamos marcados indeleblemente con el sello de Cristo Sacerdote que nos capacita para participar en el culto divino y para ofrecer nuestras vidas como ofrenda. Constituimos un pueblo adquirido por Dios porque hemos sido redimidos por Cristo a precio de su sangre.

Por lo tanto, hemos de proclamar las hazañas del que nos ha llamado a salir de la tiniebla y a entrar en su luz maravillosa. Esto es, proclamar nuestra fe con el testimonio de vida y las palabras, hasta el derramamiento de sangre si fuera preciso.


Invocación mariana.

Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra. Enséñanos a fundamentar nuestra vida en Cristo, a ser piedras vivas de la Iglesia, a trabajar por su esplendor espiritual y a confesar nuestra fe.

 

TERCERA LECTURA San Juan, 14, 1-12.
 

Vivir mirando al Cielo.

Cristo va disponiendo el ánimo de sus discípulos porque la Ascensión está próxima. Él nos precede y nos invita a mirar al Cielo: No perdáis la calma... Cuando vaya y os prepare sitio volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros. Y a donde yo voy, ya sabéis el camino.

Para orientar nuestra vida hacia el Cielo, necesitamos encontrar el camino, poseer la verdad y la vida. Necesitamos de Cristo que nos dice: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida.

Cristo es el camino porque nadie va al Padre sino por mí. Cristo es la verdad porque conocerlo a Él, es conocer al Padre; porque verlo a Él, es ver al Padre. Cristo es la vida porque está en el Padre y el Padre en Él y Él está en nosotros como está en su Padre.
 

Somos peregrinos.

Somos peregrinos hacia el Cielo. Cristo nos precede. Caminemos siguiendo el camino que Cristo nos marca en el Evangelio, siendo fieles a la verdad que nos propone, viviendo la vida sobrenatural que nos ofrece. Somos peregrinos de la esperanza y, por lo tanto de la alegría, porque nos apoyamos en la promesa de Cristo que no puede fallar.
 

Invocación mariana.

Virgen y Madre. Nos conforta meditar el cuarto misterio glorioso: tu Asunción a los cielos en cuerpo y alma. Tú nos precedes privilegiadamente porque eres la Madre de Dios. Enséñanos a orientarnos definitivamente hacia la salvación caminando por Cristo, fieles a su verdad y partícipes de su vida. Enséñanos a vivir en comunión total con Cristo.


      Elaborado por Fr. Carlos Lledó López, O.P.